Bárbara de Aymerich Vadillo es doctora en Ciencias, química edafóloga y tecnóloga de alimentos, pero sobre todo es una apasionada de la educación científica desde la infancia. Hace quince años, decidió dar un paso adelante y crear Espiciencia, la escuela de pequeños científicos, un proyecto pionero que acerca la ciencia, la programación y la robótica a niños y niñas desde la curiosidad, el juego y la experimentación. También es Profesora de Didáctica de las Ciencias Experimentales de la Universidad de Burgos y Coordinadora nacional de programas educativos de la Fundación Margarita Salas.
Convencida de que la ciencia no es solo conocimiento, sino una forma de mirar el mundo, Bárbara trabaja para que las vocaciones STEAM nazcan sin miedo y sin estereotipos. En esta entrevista nos habla de su trayectoria, de educación, de género y de cómo sembrar hoy las semillas de las científicas del mañana.
Cuando eras niña, ¿te imaginabas que acabarías uniendo química, suelo, educación y robótica, o hubo algún momento clave en el que todo hizo “clic”?
Desde pequeña sentí una atracción muy fuerte por la ciencia. Era una niña muy observadora, inquieta, siempre explorando la naturaleza y acompañando a mis padres en sus salidas. Me llevaba a casa todo tipo de pequeños “tesoros”: bichitos, barro… Para mí era algo natural. Ya entonces intuía que mi camino estaría ligado a la ciencia, porque era lo que más me despertaba curiosidad.
Con el tiempo, esa inclinación se fue concretando. La química me parecía una ciencia global, capaz de explicar de qué están hechas las cosas y cómo interactúan entre sí. Además, podía estudiarla en Burgos, algo importante para mí en ese momento. Más adelante, mientras cursaba también Tecnología de los Alimentos, descubrí la bioquímica y, en una asignatura de producción vegetal, entré en contacto con la ciencia del suelo. Ahí comprendí que el suelo es mucho más que lo que pisamos.
Ese fue el verdadero punto de inflexión. Descubrí que el suelo es esencial para producir alimentos, para el equilibrio de los ecosistemas e incluso para entender aspectos históricos y geológicos. Conseguí una beca de colaboración, realicé mi tesis doctoral en ese ámbito y me quedé. La educación llegó después, cuando empecé a dar prácticas y clases particulares. Entonces entendí que podía unir investigación y enseñanza, y desde entonces no he querido separarlas.
La edafología no suele aparecer entre las profesiones más conocidas o visibles. ¿Qué te llevó a interesarte por el estudio del suelo?
El suelo es un gran olvidado, y sin embargo es un recurso no renovable del que dependemos completamente. Aunque existen alternativas como la hidroponía o la aeroponía, nada sustituye realmente al cultivo en tierra, ni desde el punto de vista nutricional ni ecológico. El suelo es la base de nuestra vida: sobre él construimos, caminamos y producimos nuestros alimentos.
Lo que me atrajo fue su complejidad. El suelo puede estudiarse desde múltiples perspectivas: química, física, geológica, arqueológica… Es un punto de encuentro entre muchas disciplinas. Para alguien con inquietud científica amplia, como era mi caso, suponía un campo en el que podía integrar diferentes miradas.
Además, me gusta tener una visión completa de las cosas, no centrarme únicamente en un enfoque. La edafología me ofrecía esa posibilidad de entender un mismo objeto de estudio desde ángulos distintos. Y así fue: cuanto más lo conocía, más me interesaba.
¿Qué te impulsó en 2010 a crear Espiciencia y qué visión de la educación científica querías desarrollar con este proyecto?
Espiciencia nació de una necesidad personal y familiar. En ese momento trabajaba en un colegio y también en la universidad. Cuando mi marido y yo decidimos formar nuestra familia en Espinosa de los Monteros, opté por quedarme allí. Dejé el colegio, aunque mantuve el vínculo con la universidad, y cuando mis hijas fueron creciendo sentí la necesidad de continuar con mi vocación docente e investigadora.
Comencé como autónoma con un pequeño grupo de seis niños, ofreciendo talleres científicos. Pero mi intención no era dar clases al uso. Quería crear un espacio donde la ciencia se aprendiera de forma contextualizada, cercana y amena, donde los niños y niñas la percibieran como parte de su vida cotidiana.
Me formé en didáctica de las ciencias y fui construyendo poco a poco lo que hoy es Espiciencia, un proyecto que ha llegado a convertirse en un referente internacional en educación científica en el medio rural. Para mí es mucho más que un trabajo: es un proyecto de vida.

Escuela de Ciencia en Espinosa de los Monteros, Burgos.
¿Por qué consideras importante acercar la programación y la robótica desde edades tempranas?
Acercar la programación y la robótica desde pequeños ayuda a desmitificarlas. Es importante que entiendan que la tecnología no es algo lejano o abstracto, sino que está en su día a día: en una aspiradora, en un secador, en el timbre de una puerta o en un mensaje que envían por el móvil.
Si solo presentamos la robótica como un robot que se monta y se mueve, se queda en algo superficial. Sin embargo, cuando la vinculamos a objetos cotidianos, los niños y niñas comprenden que la tecnología forma parte de su entorno y que pueden entenderla.
Esa cercanía despierta la curiosidad. A partir de ahí, quien quiera podrá profundizar y convertirse en especialista en el futuro, y quien no, al menos comprenderá mejor el mundo que le rodea y cómo funcionan las cosas que utiliza cada día.
En tu experiencia, cuando una niña entra en contacto con la ciencia desde el juego y la experimentación, ¿qué cambia en su forma de verse a sí misma?
Cuando la ciencia se presenta desde el juego y la experimentación, las niñas se sienten más capaces. Dejan de verla como algo ajeno y empiezan a integrarla en su mundo, en sus juegos y en sus intereses. Eso fortalece su autoestima.
Además, descubren que pueden resolver problemas, trabajar en equipo y buscar distintos caminos para alcanzar un objetivo. En programación y robótica se aprende que no siempre hay una única vía correcta, y eso les da seguridad y flexibilidad mental.
Al final, pierden el miedo inicial. La ciencia deja de ser algo distante y se convierte en una herramienta que complementa otras áreas de su vida, igual que el deporte, la música o la danza.
STEAM no es solo aprender tecnología, también es aprender a pensar. ¿Qué habilidades crees que serán imprescindibles para las niñas que hoy tienen 8 o 10 años?
Más allá de los contenidos técnicos, serán fundamentales habilidades como saber escuchar, tener paciencia y trabajar en equipo. Vivimos en una cultura de inmediatez, pero la ciencia y la tecnología requieren tiempo, esfuerzo y constancia.
También será clave aprender a colaborar con personas diferentes: con distintas capacidades, culturas y perspectivas. La apertura mental y el respeto son esenciales para avanzar en cualquier ámbito científico.
En definitiva, no se trata solo de aprender a pensar, sino también de aprender a ser persona. Tener principios sólidos y valores sociales es igual de importante para desarrollar ciencia y tecnología de manera responsable.

Como mujer científica y educadora, ¿te has encontrado barreras de género en tu trayectoria?
Personalmente, no he sentido barreras por ser mujer ni por ser científica. Tampoco por la combinación de ambas cosas. Siempre he afrontado los retos con una actitud luchadora y constante.
Cuando surgen dificultades, intento buscar soluciones en lugar de quedarme en el problema. Avanzar poco a poco, marcándome metas alcanzables, me ha ayudado a seguir creciendo profesionalmente.
Creo en la importancia de encontrar tu propio espacio, ir construyendo camino paso a paso y no perder de vista el objetivo final.
Si pudieras cambiar una sola cosa del sistema educativo para hacerlo más inclusivo y científico, ¿cuál sería y por qué?
Cambiaría la forma en que se presenta la ciencia, apostando por una mayor contextualización. Es fundamental que el alumnado la perciba como algo cercano, vinculado a su vida cotidiana y a sus intereses.
Si los ejemplos son demasiado lejanos o abstractos, pueden sentir que la ciencia no está hecha para ellos. En cambio, cuando se relaciona con el deporte, la música o su entorno más inmediato, la conexión es mucho mayor.
También es importante acercar a las personas que hacen ciencia, mostrar referentes reales y accesibles. Humanizar la ciencia es clave para que más niñas y niños se identifiquen con ella.
Durante la adolescencia se observa una menor presencia de niñas en ámbitos científicos. ¿Qué crees que podríamos hacer para acompañarlas mejor en esa etapa y captar ese talento?
En la adolescencia es fundamental que se sientan parte de un grupo con intereses similares. A esas edades, pertenecer a una comunidad es incluso más importante que la influencia familiar.
Espacios como clubes de ciencia o Fab Labs pueden ofrecer ese entorno de apoyo. Además, es clave que las familias acompañen desde pequeñas sus inquietudes científicas, igual que lo harían con la música o el deporte.
Contar con referentes cercanos, tanto en casa como en el centro educativo, marca la diferencia. Tener a alguien que las apoye y crea en ellas es esencial para que no abandonen su interés en momentos de cambio e inseguridad.
Para una niña que te lea y piense “yo no soy buena en mates o tecnología”, ¿qué le dirías?
Le diría que nadie ha decidido eso por ella y que no debe decidirlo ella tampoco sin intentarlo. Muchas veces la dificultad no está fuera, sino en los miedos que nos ponemos dentro.
Es importante probar, y no solo una vez. Si algo no sale, se puede intentar de otra manera, buscar otra explicación o pedir ayuda. No siempre se llega al objetivo por el mismo camino.
Sobre todo, le diría que es valiosa, necesaria y capaz. Que, aunque el recorrido no sea en línea recta, puede alcanzar lo que se proponga. Y que confíe en sí misma y no deje de intentarlo.