Melissa García Caballero investiga donde la ciencia se vuelve urgente: en el límite entre la biología molecular, la tecnología más puntera y la esperanza de mejorar la vida de las personas. Desde la Universidad de Málaga, estudia cómo se comportan los vasos sanguíneos y el microambiente tumoral, un campo clave para entender y combatir el cáncer desde nuevas perspectivas.
Su trayectoria, marcada por la excelencia y la vocación internacional, ha sido reconocida con algunos de los premios más prestigiosos del país, entre ellos el Premio Nacional de Investigación para Jóvenes, convirtiéndola en una de las científicas más prometedoras de su generación. Pero más allá de los galardones, Melissa representa algo esencial: una forma de hacer ciencia rigurosa, comprometida y con impacto real en la salud.
En esta entrevista hablamos con ella de investigación, de miedos y decisiones, de liderazgo femenino en los laboratorios y de lo que significa abrir camino para que más niñas y jóvenes se atrevan a imaginarse cómo científicas.
Cuando miras atrás, a la Melissa que empezó Biología en la UMA, ¿qué momento o decisión dirías que marcó de verdad el rumbo hacia la investigación en salud y cáncer?
Más que un único momento concreto, diría que fue algo que ya venía conmigo desde la infancia: una curiosidad muy intensa por entender cómo funcionaban las cosas. Mis padres me cuentan que con pocos añitos ya empezaba a hacer preguntas sobre todo lo que me rodeaba, quería saber el porqué de todo, observaba la naturaleza con mucha atención y quería siempre explicaciones a mis preguntas. En el colegio y en el instituto mis asignaturas preferidas siempre fueron la biología, ciencias de la tierra y medio ambiente, química, física, etc. Con el paso del tiempo esa curiosidad fue creciendo y cuando tuve que elegir carrera universitaria nunca tuve duda, tenía que estudiar biología y no había ninguna otra opción! Durante la carrera tuve el primer contacto real con un laboratorio de investigación y ahí comprendí que la ciencia no era solo estudiar lo que otros habían descubierto, sino tener la oportunidad de generar conocimiento nuevo. Descubrir que podía participar en experimentos que ayudaban a entender enfermedades o procesos biológicos fue un punto de inflexión muy claro. Fue el momento en el que esa curiosidad de niña se transformó en una vocación profesional consciente. Entendí que quería dedicarme a investigar porque era una forma de unir pasión, conocimiento y utilidad social. Desde entonces, ese interés no ha dejado de crecer.
Tu trabajo se mueve en la frontera entre la biología molecular, la biomedicina y la tecnología más puntera. ¿Qué es lo que más te sigue fascinando hoy de investigar el microambiente tumoral?
Lo que más me fascina es que es un campo en el que siempre surgen nuevas hipótesis que investigar, preguntas sin respuesta y muchísimo camino por recorrer. El microambiente tumoral no es solo el tumor en sí, sino todo el ecosistema que lo rodea: vasos sanguíneos, células inmunes, metabolismo, señales químicas… es un entorno dinámico y tremendamente complejo. Cada vez que creemos entender una parte, aparece una nueva capa de información que nos obliga a replantear lo anterior. Además, el avance tecnológico ha sido impresionante y hoy contamos con herramientas que permiten analizar células individuales, mapas espaciales o datos multiómicos con una precisión que hace años era impensable. Esa combinación entre complejidad biológica y tecnología puntera es intelectualmente muy estimulante. También me motiva saber que cada pequeña respuesta abre nuevas preguntas. Es un proceso continuo de descubrimiento que mantiene viva la ilusión por investigar cada día.

Has pasado por centros de investigación de primer nivel en Bélgica y ahora lideras tu línea en Málaga. ¿Qué has aprendido fuera que te gustaría que las jóvenes científicas supieran antes de dar el salto internacional?
La experiencia internacional ha sido una de las etapas más transformadoras de mi vida, tanto profesional como personalmente. Evidentemente he aprendido mucha ciencia, nuevas técnicas, nuevas formas de plantear proyectos y de trabajar en equipo, pero también he madurado muchísimo como persona. Vivir en otro país te obliga a salir de tu zona de confort, a comunicarte en otros idiomas, a adaptarte a culturas distintas y a confiar más en tus propias capacidades. Aprendes a ser más independiente, más resiliente y a tomar decisiones con mayor seguridad. También entiendes que la ciencia es un esfuerzo global y colaborativo, donde personas de muchos países trabajan con un objetivo común. A las jóvenes científicas les diría que no esperen a sentirse totalmente preparadas para dar ese paso, porque nunca se tiene esa sensación completa. La experiencia internacional no solo construye tu currículum, también construye tu carácter, tu mentalidad y tu forma de ver oportunidades.
Ganar el Premio Nacional de Investigación para Jóvenes es un reconocimiento enorme. ¿Qué hay detrás de ese premio que no se ve?
Detrás de un premio así hay mucho más que un resultado puntual o un logro visible. Hay años de esfuerzo continuo, dedicación diaria y una pasión muy profunda por la ciencia. Hay muchas horas y fin de semana invisibles en el laboratorio, experimentos que no salen como esperabas, proyectos que hay que rediseñar y artículos que se revisan una y otra vez. También hay renuncias personales, momentos de duda y etapas de incertidumbre. Pero al mismo tiempo hay ilusión, aprendizaje constante y, sobre todo, trabajo en equipo. Ningún premio es realmente individual; detrás siempre hay compañeros del grupo de investigación, colaboradores y mentores que forman parte del camino. Para mí, más que un punto de llegada, el premio representa una etapa de esfuerzo sostenido y compromiso con la investigación. Es un reconocimiento que motiva, pero también recuerda la responsabilidad de seguir trabajando con rigor y entusiasmo.
Tu investigación tiene una clara orientación traslacional, pensada para llegar a las personas. ¿Cómo se vive la responsabilidad de saber que tu trabajo puede cambiar diagnósticos o tratamientos en el futuro?
Se vive con una mezcla de motivación y mucha responsabilidad. Somos muy conscientes de que la ciencia avanza de forma lenta y que los resultados no son inmediatos, especialmente en el ámbito biomédico donde los procesos son largos y requieren muchas validaciones. Sin embargo, es profundamente satisfactorio pensar que lo que hacemos cada día en la poyata de nuestro laboratorio, puede llegar a tener un impacto real en la sociedad. Cada dato, cada experimento y cada conclusión forman parte de una cadena que, aunque no siempre lo veamos de forma directa, puede contribuir a mejorar un diagnóstico o un tratamiento en el futuro. Esa idea es una gran fuente de energía y también de responsabilidad, porque implica trabajar con máximo rigor y ética. Saber que tu trabajo puede ayudar a otras personas da mucho sentido al esfuerzo diario y refuerza el compromiso con la calidad científica.

Eres referente en un campo altamente competitivo. ¿Te has sentido alguna vez cuestionada por ser mujer y joven en ciencia? ¿Qué te habría gustado escuchar en esos momentos?
No diría que me he sentido directamente cuestionada por ser mujer, pero sí es cierto que cuando eres joven y tienes menos experiencia, en ocasiones puede resultar más complicado que te perciban con la misma autoridad que a perfiles con más trayectoria. Es algo que forma parte, en cierta medida, del crecimiento profesional y de la evolución natural dentro de cualquier carrera científica. También es un proceso de aprendizaje personal, de confiar en tu propio criterio y en tu preparación. A veces no se trata de recibir grandes discursos, sino de escuchar mensajes sencillos de apoyo y reconocimiento. La ciencia es un entorno exigente, pero también muy meritocrático cuando hay perseverancia y constancia. Esa confianza en el trabajo bien hecho es clave para avanzar.
Cada vez hablamos más de liderazgo femenino en investigación. ¿Qué tipo de líder intentas ser en tu laboratorio y qué valores destacas?
Intento ser una líder cercana, accesible y coherente con lo que exijo. Me gusta que las personas de mi grupo sientan que pueden contar conmigo tanto a nivel científico como humano, que puedan plantear dudas, compartir ideas y pedir consejo sin miedo. Intento acompañar en la toma de decisiones, orientar trayectorias y apoyar el crecimiento profesional de cada miembro del equipo. Para mí es muy importante crear un entorno de confianza donde equivocarse también forme parte del aprendizaje. Valoro especialmente el respeto, la honestidad científica, la responsabilidad y el trabajo en equipo. Creo que liderar no es dirigir desde la distancia, sino implicarse, escuchar y predicar con el ejemplo. Un buen laboratorio no solo produce resultados, también forma personas seguras y motivadas. Ese equilibrio entre exigencia y cercanía es el tipo de liderazgo con el que me identifico.
Para muchas niñas, las palabras “biología molecular” pueden resultar un poco difíciles. Si tuvieras que explicarla a una niña de 12 años, ¿qué le dirías para que se interesara por este campo?
Le diría que la biología molecular es como aprender el “idioma secreto” de las células. Igual que nosotros usamos letras para formar palabras y contar historias, las células utilizan moléculas para enviarse mensajes y decidir cuándo crecer, cuándo repararse o cómo defenderse. Investigar biología molecular es descubrir esos mensajes ocultos y entender cómo funcionan para poder ayudar al cuerpo cuando algo falla. Es como ser una detective microscópica que observa pistas invisibles a simple vista. También le explicaría que gracias a este conocimiento podemos desarrollar medicamentos, entender enfermedades y mejorar la salud de muchas personas. No es solo ciencia complicada, es curiosidad aplicada a resolver misterios del cuerpo humano. Cuando se entiende así, deja de parecer algo lejano y se convierte en una aventura de descubrimiento.
Si hoy una joven duda entre “seguir su vocación científica” o “elegir algo más seguro”, ¿qué le dirías desde tu experiencia real, sin idealizar la ciencia pero sin apagar la ilusión?
Le diría que, si realmente siente vocación científica, que la siga. La ciencia no es un camino lineal ni rápido, pero cuando trabajas en algo que te apasiona, el esfuerzo adquiere un sentido diferente. Si pone pasión, constancia y compromiso en lo que hace, siempre tendrá más posibilidades de triunfar que eligiendo algo “seguro” que no le motive. La clave está en combinar ilusión con estrategia: formarse bien, rodearse de buenos mentores y aprovechar oportunidades. No se trata de elegir entre pasión y seguridad como si fueran opuestas, sino de construir una trayectoria coherente con lo que realmente te mueve. La satisfacción personal y profesional que genera dedicarse a lo que te gusta es difícil de sustituir.
Para terminar, imagina que dentro de 20 años una chica dice: “Elegí investigar gracias a leer esta entrevista”. ¿Qué te gustaría que recordara de Melissa García Caballero?
Me encantaría que eso ocurriera, pero ojalá no fuera una sola chica… sino veinte o muchas más. Me gustaría que recordaran la ilusión con la que hablo cuando hablo de ciencia y esa curiosidad que me acompañan desde pequeña y que sigo sintiendo hoy. Si algo quisiera transmitir es que la ciencia es para personas curiosas, trabajadoras y comprometidas. Me gustaría que se quedaran con la idea de que investigar es descubrir, aprender y también disfrutar del proceso, incluso cuando hay dificultades. Que entendieran que abrir camino no significa hacerlo sola, sino ayudar a que quienes vienen detrás lo tengan un poco más fácil. Y, sobre todo, que recuerden que la pasión por lo que haces puede ser un motor muy poderoso para construir tu propio futuro.
