Hay vocaciones que nacen resolviendo problemas de matemáticas en el recreo y acaban explorando los misterios de la materia en la nanoescala. Laura Rojo Guerrero es una de esas jóvenes científicas que no solo ha seguido su curiosidad hasta el corazón de la revolución cuántica europea, sino que ha decidido abrir camino para que muchas más chicas lo recorran detrás.

Graduada en Física por la Universidad Autónoma de Madrid, premiada por la Real Sociedad Española de Física y actualmente estudiante del máster en Quantum Science and Technology en la Universidad Técnica de Múnich y Universidad Ludwig Maximilian. Laura forma parte del ecosistema de excelencia en tecnologías cuánticas en Alemania. Desde sus inicios en Olimpiadas científicas y en el programa ESTALMAT hasta su paso por NASA Space Camp o sus investigaciones en materiales topológicos con aplicaciones cuánticas, su trayectoria combina talento, esfuerzo y una curiosidad imparable.

Pero su historia no se queda en los laboratorios. Cofundadora de STEMinist for Future y mentora en STEM Talent Girl, Laura entiende la ciencia también como responsabilidad y como altavoz. Porque para ella, avanzar en física cuántica y avanzar en igualdad no son caminos distintos, sino parte de la misma revolución.

  1. Has pasado por la UAM, el CSIC, Aalto University y ahora estás en uno de los clústeres de excelencia más potentes en tecnologías cuánticas de Europa. ¿Qué tiene la física cuántica que te atrapó hasta el punto de querer dedicarte a ella?

Siempre me han gustado las matemáticas y la física… pero la investigación es muy diferente de lo que uno imagina cuando está en el instituto. Cuando escogí la carrera tenía en mente esa imagen típica de una pizarra llena de ecuaciones, pero con el tiempo descubrí que lo que realmente me apasiona es el trabajo de laboratorio. La sensación de medir algo que quizá nadie ha observado antes es una de las partes más emocionantes de la ciencia.

La física cuántica y la nanociencia son campos que nos permiten explicar muchos de los fenómenos que vemos a escalas muy pequeñas. En mi caso, investigo materiales 2D. Son “sábanas” de materiales con un espesor de pocos nanómetros. Para ponerlo en perspectiva, un cabello humano tiene un grosor de 0,1 milímetros, lo que equivale a 100.000 nanómetros. Aprendí sobre ellos en Madrid y durante mi estancia en Finlandia, y hoy continúo explorando estos materiales en Múnich, intentando entender sus propiedades y su potencial para nuevas aplicaciones tecnológicas. 

  1. A lo largo de tu carrera has tomado decisiones importantes, como cambiar de país o de especialidad. ¿Qué te ayuda a saber cuándo es el momento de dar un paso así?

Nunca se está 100% preparado para tomar una decisión importante. De hecho, hay tantas variables en juego que es prácticamente imposible predecir cuáles van a ser las consecuencias de una u otra elección.

Por eso prefiero no ver las decisiones como una bifurcación, sino como desbloquear una nueva parte del mapa de la vida. Siempre me he guiado por la curiosidad y por no tener miedo a llamar a puertas, y cuando se te presenta una oportunidad, hay que aprovecharla.

Por ejemplo, cuando estaba en el instituto apliqué a una beca para participar en el NASA Space Camp sin pensar que realmente fuera a ser seleccionada. Fue mi primer contacto con un entorno científico y terminó siendo una experiencia súper enriquecedora que probablemente nunca habría vivido si no hubiera decidido enviar la solicitud.

Aun así, hay algo que valoro muchísimo en el momento de decidir: la experiencia de personas que van por delante de mí. Intento preguntar, escuchar y entender cómo me sentiría en ese lugar o en ese entorno. 

  1. En tu trayectoria has investigado desde propiedades mecánicas de células cancerígenas hasta materiales topológicos con aplicaciones cuánticas. ¿Qué te motiva más: entender los fundamentos del universo o imaginar las tecnologías que pueden cambiarlo?

Lo que me llevó a escoger la física fue la curiosidad por comprender cómo funciona el universo en el que vivimos. Con el tiempo, esa curiosidad se transformó en una motivación más amplia: entender que la física te permite modelizar la naturaleza para poder predecir su comportamiento. Esta capacidad tiene un potencial enorme en muchos campos diferentes. Un ejemplo de ello es el estudio de las propiedades mecánicas de las células cancerígenas, en el que trabajé durante mi estancia en el CSIC.

En este contexto, resulta natural que en la física el experimento, la teoría y la tecnología avancen de la mano. Por eso, más que elegir entre comprender los fundamentos o imaginar aplicaciones, considero que ambas están profundamente conectadas y se retroalimentan constantemente. Desde esta perspectiva, soy una firme defensora de la ciencia impulsada por la curiosidad: no todo lo que investigamos se convierte en una aplicación tecnológica inmediata, pero esa exploración es precisamente la que, con el tiempo, acaba generando avances capaces de transformar el mundo.

  1. Estás en el corazón del ecosistema cuántico europeo, en el MCQST. Para quienes nos leen y aún ven lo “cuántico” como algo lejano o de película, ¿cómo les explicarías por qué esta revolución tecnológica es tan apasionante y real?

La mecánica cuántica no es ciencia ficción, es una teoría que lleva con nosotros unos 100 años y ha sido demostrada por una gran cantidad de experimentos. De hecho, es necesaria para explicar tecnologías como los transistores o las células solares. Lo que está ocurriendo ahora es que estamos pasando de simplemente usar sus efectos de forma indirecta a intentar controlarlos de manera mucho más precisa. Por ejemplo, a medida que los transistores se acercan al tamaño de átomos individuales, se vuelve extremadamente difícil y costoso seguir reduciéndolos, porque entramos en un régimen en el que la mecánica cuántica introduce efectos que ya no podemos ignorar.

Si hablamos de tecnologías cuánticas, por un lado, están los ordenadores cuánticos, con el potencial de resolver ciertos problemas con mayor eficacia que un ordenador convencional, aunque uno de los grandes retos es escalar estos sistemas y reducir el ruido para poder ejecutar algoritmos realmente útiles. En paralelo, se están utilizando simuladores cuánticos, sistemas más controlados diseñados para estudiar otros sistemas físicos complejos y que ya aportan resultados relevantes en investigación. También los sensores cuánticos están empezando a aplicarse en campos como la industria de los semiconductores o la biomedicina, y nos permitirán realizar medidas cada vez más precisas y desarrollar nuevas aplicaciones.

En ese contexto estamos viendo un cambio de paradigma: en lugar de intentar evitar los efectos cuánticos, empezamos a explorarlos y aprovecharlos.

  1. Además de investigar, eres cofundadora de STEMinist for Future y mentora en STEM Talent Girl. ¿En qué momento sentiste que tu papel como científica también implicaba abrir camino y hacer visibles a otras mujeres en STEAM? ¿Qué significa para ti ese compromiso?

Tengo muy claro que yo no estaría donde estoy hoy sin la ayuda y la confianza de muchas personas, y eso me hace ser especialmente consciente de la importancia de devolver ese apoyo. Como mentora intento también “romper” el miedo que muchas niñas tienen a no ser capaces, enseñándoles que yo no soy nadie súper especial, sino simplemente una chica con mucha curiosidad y ganas de aprender.

En muchos contextos y lugares, las mujeres todavía no tienen las mismas oportunidades que los hombres, por lo que es fundamental seguir trabajando para cambiar esta realidad. Nuestro pequeño granito de arena con STEMinist for Future ha sido compartir historias de científicas actuales en redes sociales, con la esperanza de que lleguen lo más lejos posible y ayuden a generar nuevos referentes.

La labor científica no se limita a investigar, sino que también implica divulgar y comunicar por qué la ciencia es relevante, con el objetivo de inspirar y acompañar a las siguientes generaciones. Visibilizar a otras mujeres en STEAM forma parte de ese compromiso: significa reconocer su trabajo, dar a conocer proyectos de gran impacto y ofrecer referentes en los que muchas jóvenes puedan verse reflejadas.

  1. Desde tu experiencia internacional, ¿notas diferencias en la presencia y el liderazgo femenino en ciencia entre países? ¿Qué crees que todavía tenemos que cambiar —y qué está mejorando— en el ámbito STEAM?

Siempre he tenido la suerte de estudiar y trabajar en países donde las mujeres pueden dedicarse a lo que quieran. Sin embargo, esa igualdad no es completa: sigue habiendo una mayoría masculina en puestos de responsabilidad y persisten situaciones de discriminación, a veces de forma sutil.

Esta realidad es especialmente visible en el mundo académico y el sector tecnológico, donde hay una clara predominancia masculina. En esa situación, no solo influyen las oportunidades, sino también cómo te perciben los demás o incluso cómo decides mostrarte dentro del entorno profesional. Por eso, todavía queda camino por recorrer: es fundamental perder el miedo a hacernos visibles y demostrar que también podemos liderar, gestionar equipos y tomar decisiones, porque esa presencia forma parte del cambio.

Al mismo tiempo, sí percibo una evolución positiva. Cada vez hay más conciencia sobre la necesidad de romper estereotipos en ciencia y de generar referentes más diversos. En particular, España cuenta con muchas iniciativas dedicadas a visibilizar a mujeres STEAM, algo de lo que deberíamos estar orgullosos. El reto ahora es consolidar ese progreso y conseguir que tenga un impacto real a largo plazo, para que las nuevas generaciones crezcan en un entorno en el que puedan imaginarse siendo lo que quieran, sin prejuicios ni sesgos.

  1. ¿Has tenido referentes femeninos en física o tecnología que te marcaran especialmente? ¿Qué cambia cuando una niña puede ponerle rostro femenino a la ciencia?

En mi familia no hay científicos, así que durante mucho tiempo ni siquiera sabía que esa profesión existía más allá de los “científicos de los libros de texto”. Todo cambió cuando entré en el programa STEM Talent Girl, donde nació la chispa que me acabaría llevando hacia la investigación.

Asistíamos cada mes a charlas impartidas por investigadoras, ingenieras y profesionales STEAM que compartían sus experiencias: trabajar en distintos países, liderar proyectos o colaborar a nivel internacional. Recuerdo escucharlas y darme cuenta de que ese camino también podía ser una opción real para mí. Además, las sesiones de mentoría me permitieron descubrir áreas como la ingeniería aeroespacial, la física de materiales o la astrofísica, y comprender mejor en qué consiste realmente la labor investigadora.

Toda esa experiencia me mostró la importancia de tener referentes. Entender que la ciencia la hacen personas normales, con dudas y trayectorias diversas, es clave para perder el miedo. Cuando una niña interioriza esa idea y, además, puede ponerle rostro, ver a una mujer a la que admira y pensar que algún día podría ser como ella, muchos límites dejan de existir.

  1. ¿Alguna vez has sentido el síndrome de la impostora en un entorno tan puntero como el ecosistema cuántico de Múnich? ¿Cómo se calla esa voz interna cuando aparece?

Sí, definitivamente. No solo en Múnich, también en Madrid o en Helsinki, he estado rodeada de personas con una capacidad para la ciencia increíble, y es fácil sentirse pequeña en comparación. 

Sin embargo, siempre intento recordar este consejo: “Si eres la persona que más sabe en la sala, probablemente no estás en la sala correcta”. También me ayuda pensar que, si estoy donde estoy, es porque alguien ha confiado en mí y ha visto potencial en mi trabajo. Salir de la zona de confort significa enfrentarse a esos pensamientos que te repiten que “no perteneces” a ese lugar. En entornos altamente competitivos como la investigación o las grandes empresas tecnológicas, es fundamental no ponernos barreras a nosotros mismos.

Por eso creo que la clave está en seguir disfrutando de lo que haces y seguir avanzando con curiosidad. Las barreras, si aparecen, ya las pondrá el mundo, y cuando eso ocurra, también tendrás la capacidad de buscar nuevas oportunidades y continuar creciendo.

  1. Como cofundadora de STEMinist for Future, ¿qué estereotipo sobre las mujeres científicas te gustaría borrar para siempre?

Me encantaría borrar para siempre el estereotipo de que “a los hombres se les dan mejor las máquinas, la electrónica o la tecnología”. Puede parecer que en pleno siglo XXI esta idea ya no tiene sentido, pero la realidad es que todavía existen muchas situaciones en las que, consciente o inconscientemente, se da por hecho que desmontar, montar o arreglar aparatos es “cosa de chicos”.

Muy pocas personas saben que en mi día a día trabajo con destornilladores, circuitos y electrónica, y que disfruto muchísimo de esos retos. Lo que más me gustaría es que la próxima generación de niñas y jóvenes no creciera pensando que hay campos que “no son para ellas”, sino que entendieran que la ciencia, la tecnología y la ingeniería no tienen género, y que la curiosidad y la creatividad son talentos que todos podemos desarrollar.

  1. Si dentro de diez años lideras tu propio grupo de investigación, ¿cómo te gustaría que fuera tu laboratorio en términos de igualdad, cultura de equipo y oportunidades para otras jóvenes científicas?

Me encantaría que mi laboratorio fuera un espacio en el que todas las voces se escucharan por igual, sin importar el género, el origen, la edad o cualquier otra diferencia. La diversidad es un motor fundamental para la creatividad y la innovación, y distintos puntos de vista permiten abordar los problemas desde varios ángulos y encontrar soluciones más completas. Me gustaría fomentar una cultura de esfuerzo compartido, tanto dentro del grupo como con otros investigadores, inspirada en los valores de colaboración que he aprendido de mis supervisores y mentores. 

En el fondo, todo esto apunta a una misma idea: para mí un buen laboratorio es aquel en el que los científicos se sienten libres de explorar, preguntar, equivocarse y ayudarse entre ellos, porque solo así construiremos una ciencia más abierta y libre de sesgos.